La Razón de Ser del Estado

Puede entenderse la razón de ser del Estado si pensamos en la alternativa.  Sin Estado, pueblo y gobierno en armonía, no puede haber convivencia pacífica firme y duradera. El ser humano ha formado sociedades y Estados con el fin de mejor asegurar su vida, libertad, y propiedad y el de sus familias. Un gobierno que no cumple con la función de garantizar la coexistencia pacífica entre ciudadanos, protegiendo la vida, libertad, y propiedad tanto del débil como del poderoso, no obedece a su razón de ser.  

A lo largo de su historia y prehistoria, los seres humanos han forjado alianzas en sociedad por dos razones principales: para proteger su vida, libertad, y propiedad de depredadores y para beneficiarse de la cooperación social que se da en equipo.  

En las pequeñas sociedades nómadas de la era paleolítica, el ser humano normalmente vivía entre quince y treinta años, con muchos niños fallecidos en la infancia.  Las mujeres morían frecuentemente en el parto, siendo niñas todavía.  No sobrevivían largo tiempo los enfermos, los débiles, los discapacitados, o los despistados.  Cualquier hombre, por fuerte que fuera, alejado de su comunidad, duraba poco tiempo.  Entre grupos disputando territorios de caza, había un estado de guerra perpetua, dónde, en palabras de Thomas Hobbes, la vida era cochina, sanguinaria, y breve.  

Viviendo en equipo, los seres humanos desarrollaron una lógica social que consistía en reglas que mantenían la armonía entre los individuos del grupo y los lazos que los unían fuertes.  Estas reglas son lo que llegó a denominarse la moral.  Las reglas se hacían valer por los mismos miembros de la tribu y las disputas que no se podían resolver entre ellos, se decidían, con el consejo de los sabios, por el alfa del grupo  por ser el más poderoso.  

El alfa, sin embargo, a menudo se inclinaba hacia hacer valer las reglas que más le beneficiaban a él y a sus familiares y aliados, manteniendo una jerarquía de dominio, aunque había límites al abuso que su tribu toleraría. En esos tiempos, el macho alfa tenía mucha competencia; estaba constantemente siendo retado por machos más jóvenes que luchaban por su posición en la tribu.  

Al final de la era paleolítica, cuando los animales se volvieron más escasos, los seres humanos empezaron a dedicarse a la agricultura.  Durante esta nueva era denominada neolítica, se asentaron en áreas fértiles y aumentaron su población, creando ciudades.  La tarea de vigilar, hacer valer las reglas, y de defender de depredadores a la sociedad pasó de individuos a grupos más especializados.  Se empezó a desarrollar el Estado con gobiernos y reglas más complejas que mantenían la armonía social.  

Se observa en la historia de todo el mundo que la característica del ser humano de forjar alianzas también se utilizó para conquistar a otros grupos.  La historia escrita occidental demuestra cómo empezó ese proceso de alianzas entre pequeñas ciudades-estado en Mesopotamia y Egipto para formar reinos.  Después en todo el Medio Oriente se alzó el imperio de Persia, que fue a su vez derrotada por las alianzas griegas forjadas por Alejandro Magno.  En Italia, un pequeño pueblo que tuvo sus inicios en Roma, forjó alianzas con algunos vecinos y terminó por conquistar y hacer alianzas en todo el mar Mediterráneo y Europa.  Europa, siglos más tarde, conquistó gran parte del mundo y dónde no pudo conquistar hizo alianzas estratégicas.  

La lógica social de los conquistadores, mejores reglas e instituciones que hicieron al pueblo conquistador fuerte y próspero, sirvió para forjar nuevas alianzas con los conquistados y otros pueblos fuertes.  Formaron equipos más poderosos para protegerse de peligros y beneficiarse de la cooperación.  Esta ha sido la cualidad del ser humano que fue el ímpetu para la evolución del Estado en la historia humana.  

Los gobiernos más antiguos eran monarquías, siempre obedeciendo la ley natural del alfa.  Los más fuertes y astutos eran los que podían imponer las reglas y liderar los guerreros que defendían las ciudades de los ataques de grupos nómadas que todavía vivían bajo el patrón paleolítico.  La política de favorecer con las reglas a los aliados que mantenían al rey y a su familia en el poder fue siempre parte del modus operandi del poder gubernamental.  La corrupción tiene raíces muy antiguas.

Al hacerse más prósperos los seres humanos con la agricultura y el comercio, aumentaba la competencia entre individuos, mejoraban las instituciones, y se hacían nuevas alianzas que podían desafiar a un monarca muy corrupto y su equipo.  Luchaban contra el monarca por control del gobierno y, si eran lo suficientemente poderosos entre ellos, instituían lo que se ha llamado una oligarquía.  Estos grupos, más complejos que los monárquicos, se repartían la tarea y ventaja de ser los que, no sólo creaban nuevas instituciones y hacían valer las reglas, sino que también de elaborarlas para su propio beneficio.  La corrupción se ampliaba un tanto. 

Con el tiempo y el mismo fenómeno creciente de prosperidad, competencia, organización, y más libertad, individuos fuera de la jerarquía establecida formaban equipos que podían desafiar a los oligarcas.  Conseguían el apoyo de grandes masas del pueblo, y, una vez con el poder, hacían que la repartición del botín del gobierno se volviera más incluyente, instituyendo lo que se llama una democracia.  Pero, como seguía la misma costumbre de hacer las reglas para beneficiar al equipo del líder, entre la población que quedaba excluida se intensificaba la lucha institucional, y tras bambalinas más violenta, por llegar al poder.  En poco tiempo, la sociedad se fragmentaba en grupos ansiosos de controlar el gobierno, porque si no quedaban en el gobierno, quedarían expuestos a ser las víctimas de lo que llegaba a ser una enorme corrupción.

Con la creciente fragmentación de la sociedad debido a las luchas por el poder, el alfa más poderoso asaltaba la cima de la jerarquía de dominio, prometiendo fin al caos.   Pone orden, minimiza la corrupción de manera que se beneficia únicamente su pequeño grupo, y empieza el ciclo otra vez.  

Este ciclo de monarquía, oligarquía, y democracia se ha repetido una y otra vez desde que fue descrito por Aristóteles hace más de dos mil años.  La lógica social de ética y moral que mantiene a un grupo unido y fuerte se corrompe en menor o mayor grado.  Cuando la corrupción se vuelve demasiado incluyente, la sociedad se desintegra y todos vuelven a la ley de la selva.  Para resolver ese problema, hace un par de siglos en Norteamérica, se ingenió una innovación política cuyos orígenes se remontan a la era romana.  Esa innovación, que fue imperfectamente copiada en todo el mundo, fue la República.

En las repúblicas representativas se intenta interrumpir ese ciclo de corrupción amortiguando la tendencia a usar la fuerza pública para beneficio de una facción.  La idea es limitar el poder de los diferentes individuos y grupos, a través de una constitución escrita, con pesos y contrapesos.  Se les da la capacidad de veto sobre las acciones que se dirigen a la concentración de poder en manos de un grupo.  Se instituyen protecciones constitucionales y legales para los ciudadanos, con la esperanza de limitar la corrupción.

En un Estado con gobierno republicano, se espera poder terminar con ese ciclo de auges y caídas.  Se reparte el poder entre los fuertes, los ricos, y las masas.  Se hace una constitución que en teoría obliga al gobierno a tratar igualmente a todos ante la ley.

Generalmente, se elige a un macho alfa como ejecutivo de la ley encargado del manejo de las armas que dan la capacidad de imponer las reglas.  Jura defender la constitución.  El ejecutivo es el único del grupo que puede privar de su vida, libertad, o propiedad a una persona.  Teóricamente, sólo puede hacerlo si el acusado ha sido condenado por el poder judicial de violar una ley constitucional hecha por un legislativo popularmente electo.  

El congreso o parlamento en una república es una especie de oligarquía gobernante que también jura respetar y defender la constitución.  Estos miembros electos por sufragio popular representan al resto de los miembros del Estado y se encargan de hacer las reglas que, se supone, benefician a todos por igual.  

Los encargados de organizar los juicios para determinar si un acusado ha violado las reglas son, en general, los más astutos en la sociedad.  También tienen la obligación de vigilar que no se viole la constitución, rechazando la aplicación de leyes inconstitucionales.  Ellos forman el tercer poder del gobierno en una república representativa.

Aunque son más estables, las repúblicas eventualmente sucumben al mismo mal que mata a las monarquías, oligarquías, y democracias:  la corrupción.  Del problema de la corrupción surge la pregunta de: ¿quién vigila a los vigilantes?  Porque los vigilantes trabajan como equipo y su inclinación natural es a beneficiarse a sí mismos y a sus colaboradores, aun a costa del resto del Estado.  La tendencia a forjar alianzas entre los vigilantes disuelve los límites constitucionales.  Desde los comienzos del concepto de República en Europa hace más de dos mil años, la piedra angular que evitaba que los vigilantes pudieran excederse de sus límites constitucionales fue la costumbre de dejar la decisión última de usar la fuerza colectiva en manos del mismo pueblo.

La historia de Guatemala, empezando hace doscientos años, es un ejemplo típico de esta tendencia cíclica a, primero, excluir a los ciudadanos de los juicios que deciden si vale aplicar el poder público y poco a poco acumular, o de golpe arrebatar, el poder público para su beneficio exclusivo.  En este Estado pseudo-republicano, no ha existido un balance de poderes o una verdadera república.  Desde la independencia de la monarquía española en 1824 , los legisladores criollos no copiaron fielmente el modelo republicano de Estados Unidos.  Incluyeron todo en su constitución para engañar al Pueblo, pero de una forma que les permitió dejar fuera la piedra angular.  

La clave para evitar que los gobernantes destruyan los límites constitucionales es trasladar de los individuos en el gobierno a los demás ciudadanos del Estado la capacidad judicial de decidir a quién el ejecutivo privará de su vida, libertad, o propiedad.  Alternar constantemente en tribunales llamados Jurados a ciudadanos sin nexos con el gobierno o las partes en un juicio minimiza la posibilidad que los gobernantes y sus aliados puedan beneficiarse con una condena a costa del acusado y del Pueblo.  Sólo donde los ciudadanos vigilan a los vigilantes puede construirse un Estado de Derecho.

Bajo este procedimiento, las reglas tienden a ser de beneficio para todos en el Estado.  Una orden de aprehensión no es dictaminada al menos que haya evidencia suficiente de una violación a las reglas que los ciudadanos en su conjunto creen de beneficio para todos.  Condenas que perjudican a un ciudadano para favorecer a otro ciudadano injustamente o al gobierno sin beneficiar a todo el pueblo tienen poca posibilidad de prosperar.  La razón es que el Jurado únicamente debe condenar si están todos los miembros de acuerdo en la justicia de la condena.  La sentencia debe ser unánime.  De esta forma, el Estado limita el uso de la fuerza pública de parte del gobierno a lo que todos sus habitantes consideran justo.  El Jurado es la piedra angular del Estado de Derecho; la piedra que mantiene al gobierno alineado con la constitución. 

No es difícil entender por qué el Jurado se quedó sin implementar por los “próceres” cuando se promulgó la primera constitución del Estado de Guatemala.  No permite que los gobernantes ignoren los límites constitucionales y priven injustamente a los ciudadanos de vida, libertad, o propiedad para su beneficio.  Usaron la falta de ilustración de los guatemaltecos como excusa para jamás establecer el Jurado, como que no se hiciera responsable a todo ciudadano de saber lo que es injusto o como que la vida, la libertad, y la propiedad fueran conceptos demasiado abstractos para entender.  Sin embargo, esa falta de “ilustración” jamás se le permitió al más analfabeto o mentalmente incapaz como excusa para evitar el castigo por violar las leyes promulgadas por los “ilustrados.”  Lo que crearon fue, por definición, un Estado de Corrupción, no de Derecho.  

Durante dos siglos de gobierno, siempre se han hecho alianzas entre los “ilustrados” de los diferentes poderes del gobierno con el fin de despojar a los ciudadanos de su vida, libertad, y propiedad injustamente o con el fin de implementar alguna visión utópica de los gobernantes.  Doscientos años de corrupción, pobreza, y miseria le ha costado a Guatemala dejar en manos de “ilustrados” y sus esbirros la vida, libertad, y propiedad de millones de guatemaltecos.  

No conocer la razón de ser de un Estado y cómo funciona nos ha salido a todos demasiado caro.  El Estado existe para proteger la vida, libertad, y propiedad de personas ante depredadores, sean humanos o no, individuos u organizados en colectivos.  Los límites que las reglas imponen necesitan y deben ser iguales para todos.  Toda obligación necesita y debe ser voluntariamente contraída y los beneficios de esa obligación garantizados por el Estado, que somos todos.   Para tener un Estado de Derecho se hace imperativa la eterna vigilancia y participación de todos los ciudadanos en la cosa pública.  La alternativa es más corrupción, más violencia, más pobreza, y más miseria para todos.